Marina preparó un informe técnico de doce páginas: matriz de confusión, curvas ROC segmentadas por sector, análisis de impacto disparatado. No quería quejas; quería evidencia irrefutable.
En la reunión, el CTO — un ex-McKinsey que medía el éxito en métricas de serie A — escuchó sin interrumpir. Cuando Marina terminó, se recostó y dijo: "Entiendo el hallazgo. Pero el modelo optimiza para retención a dos años. Los perfiles de ONGs tienen un 40% más de rotación. El algoritmo no discrimina; predice."
Marina sintió el impulso de gritar, de tirar el portátil contra la pared. En su lugar, preguntó: "¿Y si la rotación no es causa, sino consecuencia? ¿Si el entorno corporativo expulsiona a quien no encaja en vuestra cultura homogénea?"
El CTO negó con la cabeza. "Esa es una hipótesis sociológica, Marina. Nos pagan para construir producto, no para reingeniería social. Arregla el false positive del martes. El resto... lo documentamos como limitación conocida."
Limitación conocida. Tres palabras para enterrar la responsabilidad.