Seis de julio. Doce del mediodía. La plaza del Ayuntamiento está a reventar.
Miles de personas, todas de blanco, con el pañuelo rojo al cuello. Esperan el cohete.
El alcalde sale al balcón. "¡Pamploneses, pamplonesas! ¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!"
Lanza el txupinazo. El cohete estalla en el cielo. La plaza estalla en gritos.
La gente se ata el pañuelo a la muñeca o en la frente. Empieza la fiesta.
Durante nueve días, Pamplona no duerme. Encierros a las ocho, corridas a las seis y media, conciertos, fuegos artificiales, peñas cantando en las calles.
El encierro: seis toros y seis cabestros corren 875 metros desde los corrales hasta la plaza. Dura dos, tres minutos. Los mozos corren delante, al lado, detrás. Algunos caen. Algunos se juegan la vida.
Es tradición, es riesgo, es identidad. Para unos, es crueldad. Para otros, es lo más sagrado.
El catorce a medianoche, todos en la plaza. "Pobre de mí, pobre de mí, que se han acabado las fiestas de San Fermín."
Se apagan las luces. Se quita el pañuelo. Hasta el año que viene.