La jornada partida no es capricho ni pereza. Nace en la posguerra, años cuarenta, cuando el salario no达aba y muchos hombres tenían dos empleos: uno por la mañana, otro por la tarde. La pausa de dos horas permitía el traslado y la comida en casa.
En los setenta, con la entrada de la mujer al mercado laboral y la generalización del coche, la pausa se volvió desplazamiento: ida y vuelta a casa, o comer en tupper frente al ordenador.
Hoy, el 40 % de los asalariados españoles tiene jornada partida. En la UE, la media es del 15 %. La productividad por hora es de las más bajas de la OCDE.
Los defensores arguyen conciliación: recoger a los niños, comer en familia, hacer gestiones. Los críticos señalan fatiga, desajuste circadiano, horas muertas en la oficina y brecha de género: quien recoge a los niños —suele ser la madre— reduce su carrera.
La Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios (ARHOE) lleva años pidiendo el horario continuo. Algunas empresas lo han implantado: jornada intensiva de 8 a 15 h. Los sindicatos exigen que sea voluntario y sin merma salarial.
El debate no es solo laboral. Es cultural. La sobremesa, el café, el paseo: rituales que la jornada partida protege… o encadena.