Si la incertidumbre radical no es un defecto cognitivo ni un problema técnico por resolver, sino una característica constitutiva de la condición humana —el futuro no está escrito, el espacio de posibilidades no está cerrado—, entonces el intento de eliminarla mediante cálculo, predicción o control algorítmico es, en el fondo, un intento de eliminar la apertura que hace posible la agencia.
Hannah Arendt vinculó la natalidad (el hecho de que nacen nuevos seres) a la capacidad de comenzar algo nuevo, de interrumpir la cadena causal. La incertidumbre es el correlato epistémico de la natalidad ontológica: no sabemos el futuro porque el futuro no existe hasta que actuamos. Cada decisión genuina —no la elección entre opciones dadas, sino la creación de una opción nueva— es un acto de resistencia a la probabilidad.
La tarea filosófica y práctica no es, pues, reducir la incertidumbre a cero, sino habitarla con lucidez: distinguir el riesgo calculable de la incertidumbre radical, usar probabilidades donde tienen sentido y rechazar su imperio donde no lo tienen, cultivar la robustez frente a la optimización frágil, y recordar que la única certeza digna de ese nombre es la de nuestra capacidad de responder, de nuevo y de forma distinta, a lo que venga.