Llegué a Granada en septiembre con una maleta y muchos nervios. Mi piso estaba en el Albaicín, el barrio viejo. Las calles son estrechas y empinadas. Desde mi ventana se ve la Alhambra iluminada por la noche. Mis compañeros de piso son de Polonia, Italia y México. Hablamos en inglés y en español. La primera semana fue un caos: buscar la facultad, hacer la matrícula, entender el acento andaluz. Pero poco a poco me fui acostumbrando.