Quedamos a las nueve en la plaza mayor. Hace una noche perfecta: ni frío ni calor.
El bar está lleno. No hay mesas libres, así que nos quedamos en la barra.
El camarero, que nos conoce, nos pone una caña a cada uno sin pedirla. "Lo de siempre, ¿no?"
Pedimos para picar: tortilla de patatas, croquetas de jamón, pimientos de padrón y ensaladilla rusa.
Llegan las tapas. Las ponemos en el centro de la barra. Cada uno coge con su tenedor.
—Está buena la tortilla, ¿eh? —dice Marta—. Jugosa, poco cuajada.
—Los pimientos pican hoy —responde Jorge—. Cuidado con el verde.
Brindamos. "¡Salud!" "¡Salud!"
Pedimos la segunda ronda. Esta vez: gambas al ajillo, chorizo a la sidra y huevos rotos con jamón.
La noche avanza. Hablamos de trabajo, de viajes, de la vida. Nadie mira el reloj.
A medianoche pedimos la cuenta. Pagamos a escote. Salimos a tomar el aire fresco.