El debate académico y político se mueve entre tres escenarios. El primero, la repoblación activa, apuesta por atraer población mediante empleo público, vivienda asequible y servicios garantizados; modelos como el de Soria (programa "Soria ¡Te quiero!") han frenado la sangría, pero su escalabilidad es dudosa. El segundo, la renaturalización o "rewilding", acepta el vacío humano y lo convierte en oportunidad ecológica: corredores para el lince ibérico, pastoreo extensivo, turismo de naturaleza. Proyectos como Rewilding Spain en el Iberian Highlands ya muestran resultados, aunque generan tensiones con ganaderos y cazadores tradicionales.
El tercero, el abandono gestionado, propone concentrar recursos en "nudos de servicios" comarcales —capitales de partido judicial con hospital, juzgado, instituto— y dejar que los micro-pueblos desaparezcan dignamente, garantizando el derecho a la movilidad de sus últimos vecinos. Esta opción, defendida por algunos geógrafos, choca con el principio de cohesión territorial y la identidad colectiva. Lo que nadie discute es que el statu quo es insostenible: cada año se cierran una media de 50 escuelas rurales y 30 consultorios médicos. La España vaciada no es un problema de "ellos", los del interior; es el espejo donde la España llena mira su propio modelo de desarrollo. La respuesta definirá si España sigue siendo un país policéntrico o se convierte en un archipiélago de metrópolis rodeadas de silencio.