El billete de veinte euros no vale veinte euros porque el papel y la tinta cuesten veinte euros; vale veinte euros porque el Banco Central Europeo, el Estado de derecho y millones de agentes económicos sostienen, coordinada y tácitamente, la convención de que así es. El dinero es, en palabras de John Searle, un hecho institucional: su existencia depende de una regla constitutiva de la forma "X cuenta como Y en contexto C". Aquí, X es un sustrato físico o digital insignificante, Y es un almacén de valor y medio de intercambio, y C es el orden jurídico-económico que lo respalda.
Esta ontología revela una paradoja vertiginosa: el dinero no *tiene* valor, *es* valor en acto. Su realidad es performativa —la enunciazione colectiva y sostenida de su validez *hace* que sea válido. Si mañana cesara la creencia compartida, el billete volvería a ser papel, el dígito en la base de datos, un dígito. No hay sustancia metálica ni reserva aurea que ancle su valor; solo hay la fe —en sentido weberiano, no religioso— en la solvencia del emisor y la previsibilidad del marco institucional.