La narrativa clásica —Smith, Menger— presenta el dinero como solución espontánea a la ineficiencia del trueque: la doble coincidencia de deseos. La antropología económica (Graeber, Humphrey) ha demostrado que no hay evidencia histórica de economías de trueque puras precediendo al dinero. Lo que precede al dinero es la *deuda*: obligaciones cuantificadas, registradas y transferibles en templos sumerios, palacios egipcios, comunidades medievales.
El dinero no nace como medio de intercambio, sino como *unidad de cuenta* para denominar deudas: el siclo de plata, la libra carolingia, el marco de Colonia son medidas abstractas antes que monedas físicas. La moneda acuñada surge después, cuando el Estado estampa su autoridad en el metal para garantizar el estándar y, crucialmente, para exigir tributos *en esa misma unidad*. Así, el dinero es, en su origen, una tecnología de poder fiscal: el soberano crea la demanda de su moneda imponiendo obligaciones tributarias que solo pueden saldarse con ella. El valor del dinero, pues, no emana de su escasez ni de su utilidad intrínseca, sino de la capacidad coercitiva del Estado para imponer su aceptación.