Durante siglos, la verificación de la realidad pasó por filtros institucionales: periódicos de referencia, academias, tribunales, enciclopedias. Esa arquitectura epistémica no era perfecta —excluía voces, reflejaba poderes—, pero ofrecía un suelo compartido desde el que disentir. La revolución digital no solo eliminó a los porteros; disolvió la noción misma de portería.
Hoy, cualquiera puede publicar una afirmación que alcance a millones antes de que un verificador la evalúe. La velocidad de la viralidad supera a la de la verificación por órdenes de magnitud. Cuando la corrección llega, el daño cognitivo ya está hecho: la exposición repetida a una falsedad incrementa su verosimilitud percibida —el "efecto de verdad ilusoria"— aunque se presente junto a su desmentido.