Las plataformas no venden contenido; venden atención. Sus algoritmos optimizan por tiempo de permanencia, y la indignación moral es el combustible más eficiente. Estudios de la Universidad de Yale (2021) muestran que los tuits con lenguaje de indignación moral se retuitean un 20% más por cada palabra de carga moral añadida. La verdad, matizada y a menudo aburrida, pierde frente a la certeza enfurecida.
Este dinamismo genera polarización afectiva: no solo discrepamos en hechos, sino que despreciamos a quienes disenten. La identidad política se vuelve tribal; la corrección factual se percibe como traición grupal. En este entorno, la posverdad no es ausencia de verdad, sino subordinación de los hechos a la coherencia narrativa de la tribu.