La solución no es restaurar la antigua portería —imposible y, en parte, indeseable—. Requiere construir infraestructuras epistémicas distribuidas: alfabetización mediática desde la educación primaria, financiación pública de periodismo de investigación independiente, regulación de transparencia algorítmica que obligue a revelar criterios de amplificación, y espacios deliberativos donde la diversidad de perspectivas sea rasgo, no bug.
El filósofo Jürgen Habermas sostiene que la legitimidad democrática emana de la fuerza del mejor argumento en un discurso libre de coacción. La posverdad corroe esa fuerza sustituyéndola por la fuerza del algoritmo más adictivo. Recuperar la verdad como bien común no es nostalgia; es condición de posibilidad para que la democracia sea más que un ritual de votación periódica.