Federico García Lorca, en su conferencia de 1933 "Juego y teoría del duende", distingue tres potencias: el ángel (inspiración), la musa (dictado), el duende (lucha). El duende no desciende; surge. "El duende no está en la garganta; el duende surge de dentro, de las plantas de los pies". No es gracia; es herida. Lo jondo —lo hondo, lo profundo— no se aprende en conservatorio; se hereda en la sangre, en la vigil, en el velorio donde la siguiriya nace del llanto ritual.
La epistemología del flamenco es epistemología del cuerpo. El toque, el cante, el baile no representan el dolor; lo encarnan. La voz quebrada del cantaor no imita el grito; es el grito. La guitarra no acompaña; interroga, responde, calla. El taconeo no decora; fija el compás en la tierra. No hay partitura que capture la microtonalidad de la voz gitana, el rasgueo que arrastra el tiempo, el silencio que pesa más que la nota. La transmisión es oral, corporal, iniciática: el niño que duerme bajo la mesa del tablao absorbe el compás antes de saber hablar.
Pero el duende exige riesgo. "El duende no viene si no ve la posibilidad de la muerte". El cantaor que se sabe seguro no tiene duende; tiene técnica. La técnica es el enemigo del duende cuando se vuelve red de seguridad. Por eso los grandes —La Niña de los Peines, Camarón, Morente— rompieron sus propias formas. Camarón con "La leyenda del tiempo" (1979) introdujo bajo eléctrico, sitar, letras de Lorca y Kavafis; la ortodoxia gritó traición. Morente con "Omega" (1996) fusionó flamenco y rock, poema de Lorca y Leonard Cohen. El purista confunde la forma con la esencia; el duende solo habita la forma cuando esta arde.