Una IA genera soleares indistinguibles de las de un maestro. Analiza millones de compases, aprende la microtonalidad, replica el silencio. ¿Tiene duende? La pregunta no es técnica; es ontológica. El duende no está en la salida estadística; está en la apuesta vital. La IA no arriesga nada; no tiene plantas de los pies que ardan. Puede simular la herida, pero no sangra.
La apropiación global —flamenco en Japón, en Nueva York, en Seúl— multiplica los practicantes payos sin genealogía gitana. Algunos estudian con reverencia, aprenden caló, conviven con familias, ganan respeto. Otros consumen estética: el traje de volantes, la rosa en el pelo, el «olé» vaciado. La diferencia no está en el origen; está en la relación con la tradición: ¿la habitas o la disfrazas?
En Andalucía, la Junta promueve el flamenco como marca turística: "Andalucía, el destino flamenco". Los tablaos turísticos ofrecen "espectáculo con cena" a cuarenta euros; el artista cobra cincuenta, el intermediario el triple. La precariedad del artista contrasta con la rentabilidad de la marca. El duende, que exige verdad, se convierte en reclamo publicitario.
Pero la resistencia late. En los barrios, en las peñas, en las casas donde el niño sigue durmiendo bajo la mesa. En las nuevas generaciones —Rosalía, Niño de Elche, Israel Fernández— que rompen el canon sin pedir permiso, que llevan el flamenco al trap, a la electrónica, a la performance, y el duende, a veces, los sigue. El flamenco no es un museo; es una herida que canta. Y mientras haya quien cante desde la herida, el duende no habrá muerto. Solo habrá cambiado de cuerpo.