El flamenco es, ontológicamente, gitano. No en exclusiva —payos como Sabicas, Paco de Lucía, Enrique Morente lo han llevado a cimas— pero su genealogía, su poética, su duende nacen en la experiencia histórica del pueblo gitano en Andalucía: la persecución (pragmáticas de 1499, 1633, 1717), el estigma, la resistencia cultural. El flamenco es, en palabras de José Manuel Gómez Alfaro, "la única cultura de masas creada por una minoría étnica en Europa".
La categoría "gitano" no es esencia biológica; es posición política. La distinción gitano/payo estructura el campo flamenco: quien tiene "peso", "soniquete", "aire" gitano accede a la legitimidad; quien no lo tiene, aunque domine la técnica, queda en "flamenco de conservatorio". Pero la esencialización es trampa. El gitano que nace en familia flamenca y no estudia —"lo lleva en la sangre"— y el payo que dedica treinta años a descifrar el compás de soleá por bulerías: ambos pueden tener duende. La autenticidad no está en el origen; está en la verdad del gesto.
La institucionalización —cátedras, bienales, premios, Patrimonio Inmaterial UNESCO 2010— trae recursos y visibilidad, pero también burocratiza lo ingobernable. Los jurados exigen "pureza" que nadie define; los programas formativos estandarizan lo que por definición es idiosincrásico. El riesgo es la "flamencología": el flamenco como objeto de estudio, no como práctica viva. El académico analiza lo que el cantaor vive. Y sin embargo, sin archivo, sin investigación, sin transmisión documentada, la memoria se pierde. La tensión es irresoluble: el flamenco necesita institución para sobrevivir, pero la institución mata lo que ama si lo fija.
La salida no es elegir; es habitar la tensión. El flamenco vivo es el que discute sus fronteras cada noche en el tablao, en el festival, en la peña. La peña flamenca —asociación de aficionados, no de profesionales— es el último bastión: allí se calla al que habla, se aplaude al que arriesga, se exige verdad. La peña no es institución; es comunidad de escucha. Y la escucha, en flamenco, es acto ético.