España lidera la temporalidad en la OCDE: más del 26 % de los asalariados tienen contrato temporal, el doble de la media europea. No es coyuntura; es arquitectura. La reforma laboral de 1984 introdujo la contratación temporal "por obra o servicio" como excepción, y la excepción se volvió regla. Empresas externalizan actividades nucleares mediante contratas y subcontratas, creando cadenas de responsabilidad difusa donde el empleador real es inalcanzable.
El contrato fijo-discontinuo, recuperado por la reforma de 2021, ilustra la perversión: trabajadores con vínculo fijo que solo cotizan cuando la empresa los llama —hostelería, enseñanza, agricultura—. En la práctica, muchos encadenan años de "inactividad" sin paro ni cotización. La Estadística de Flujos Laborales del INE muestra que el 60 % de los contratos fijos-discontinuos de 2022 duraron menos de tres meses.
La dualidad no es solo contractual; es existencial. Quien tiene contrato indefinido accede a crédito, alquila vivienda, planifica familia. Quien encadena temporales vive en presente continuo: renovación a renovación, silencio administrativo, miedo a enfermar. La brecha no es solo salarial; es de ciudadanía laboral. El sociólogo Amable lo llama "ciudadanía a plazos".