Decidí hablar con mi jefa. Preparé lo que iba a decir: hechos, no quejas. Le expliqué que llevaba tres meses con síntomas, que mi productividad bajaba y que necesitaba ajustes. Ella escuchó sin interrumpir. Propuso reducir reuniones, flexibilizar horarios y revisar cargas de trabajo. También me dio el contacto del programa de apoyo al empleado. Salí aliviado: no me juzgó, ofreció soluciones.