Los primeros tres meses son de logística. Piden subvención al ayuntamiento para materiales: bancales de madera tratada, sustrato ecológico, semillas, compostador de 600 litros y herramientas. Mientras llega el dinero, limpian la azotea, impermeabilizan la zona y montan los bancales. Reparten turnos de riego, siega y compostaje en una hoja compartida de Google Sheets.
Surgen imprevistos: una plaga de pulgón en las habas, el compost huele mal por exceso de humedad, un vecino se queja del ruido de la batidora a las siete de la mañana. Lo resuelven con jabón potásico, volteando el compost y cambiando horarios. La convivencia mejora: se saludan más, se prestan cosas, celebran la primera cosecha de tomates con una merienda en la azotea.